Campos de concentración españoles

La reciente publicación del libro Los campos de concentración de Franco: Sometimiento, torturas y muerte tras las alambradas  (2019, Ediciones B) del periodista Carlos Hernández ha suscitado nuevas entrevistas y publicaciones acerca de las víctimas de estos campos. (https://www.eldiario.es/sociedad/Franco-campos-concentracion-Espana-calculado_0_876663097.html)

El relato de sus experiencias son clave para la memoria histórica de este país.  Os dejamos hoy con la entrevista que el programa de El Intermedio realizó a Agustín López, preso en tres campos de concentración distintos.

https://goo.gl/uMYf48

25 de mayo: bombardeo al Mercado Central de Alacant

Hace pocos días, un diputado de la Asamblea de Madrid calificaba la muerte de García Lorca como un “error”. Es a través de la memoria (y las pruebas) que seamos capaces de desenmascarar esos “errores” y hacer justicia difundiendo la verdad.

(Noticia) 

En esta entrada vamos a mostrar un suceso que también intentó ser tergiversado. No fue Guernica la única ciudad bombardeada por las tropas fascistas durante la Guerra de España. Las formas cúbicas, los tonos negros y grises y las madres con lengua puntiaguda llorando al cielo también llegaron a Alacant, que contaba y cuenta con 92 refugios antiaéreos.

En 1937 hubo un total de 8 bombardeos, 39 muertos y 66 heridos, según las cifras oficiales. El año siguiente, 76 bombardeos que provocaron un total de 497 muertos y 867 heridos. Sin duda el mayor ataque al pueblo alicantino fue el bombardeo el 25 de mayo de 1938 en el Mercado Central de la ciudad de una forma cobarde: habían avisado a la población de que llegarían alimentos en barco hasta el Mercado, con el fin de que se congregara allí la mayor cantidad de personas posible. El ataque terrorista, negado en aquella época, causó más de 300 víctimas que siguen enterradas en la zona n.º 12 del Cementerio Municipal de Alicante. No como víctimas de guerra, sino como víctimas de accidente.

 

El bombardeo de las poblaciones civiles por nuestros aviones -lo afirmo rotundamente- no existe. Se bombardean tan sólo objetivos de carácter militar. Es cierto que se producen bajas entre la población no combatiente. Son muy de lamentar. Pero el Gobierno rojo, lejos de evitarlas, las procura situando aquellos objetivos militares en zonas ocupadas por la población civil. Después de todo, el Gobierno rojo necesita y desea esas víctimas para su propaganda”Francisco Franco en el diario Times. Publicado en 1939 en el periódico ABC Sevilla

 

 

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¿Celebrando el 40 aniversario de la Indian Child Welfare Act?

En las postrimerías de 1960, Bertram Hirsch, un abogado neoyorkino de la denominada Association of American Indian Affairs (AAIA), fue enviado a Dakota del Norte para investigar e intervenir en una trifulca familiar en la tribu Spirit Lake: los denominados trabajadores del bienestar infantil estaban arrebatando a la fuerza a niños indígenas de sus familias, reubicándolos en hogares de adopción blancos, en numerosas ocasiones incluso fuera del país. En aquel momento, el propio Hirsch —al igual que la mayor parte de la sociedad americana—, desconocía por completo la alarmante cantidad de niños nativo americanos que eran despojados de su núcleo familiar para pasar al cuidado de progenitores blancos. Sin embargo, a medida que trabajaba en el caso de Spirit Lake, empezó a comprender el continuado ataque del Estado a la soberanía e identidad de estas desfavorecidas comunidades.

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Ya en 1969, él y la AAIA estaban profundamente comprometidos en un proyecto de recopilación de datos en todo el país que lo puso en contacto con todas las agencias de acogida e instituciones de adopción que pudiera encontrar. Encuestó a la Oficina de Asuntos Indígenas, que tenía la autoridad para ubicar a los niños en ese momento, y a los departamentos estatales de servicios sociales, así como a las instalaciones de libertad condicional juvenil. En síntesis, la investigación de Hirsch encontró que entre el 25 y el 35 por ciento de todos los niños indios americanos habían sido ubicados en hogares adoptivos, hogares de acogida o instituciones. Alrededor del 90 por ciento de esos niños eran criados por no indios y muchos nunca volverían a ver a sus familias biológicas.

A fines de 1978, Hirsch había realizado su auditoría dos veces. Las comisiones del Congreso se habían reunido en Washington en múltiples ocasiones, reuniendo cientos de horas de testimonios —aproximadamente de 90 tribus distintas— sobre el atroz trato del gobierno a las comunidades indígenas americanas. En su informe al Congreso, un grupo de trabajo dijo: “La expulsión de niños indígenas de sus hogares naturales y entornos tribales ha sido y sigue siendo una crisis nacional”.

Hirsch, junto con dos miembros del personal del Congreso, escribió y reescribió un proyecto de ley para proteger a los jóvenes indios estadounidenses de ser expulsados ​​de sus familias y tribus. Aprobada el 24 de Octubre de 1978, la Indian Child Welfare Act (ICWA) fue una culminación de lo que Hirsch describe como un gran esfuerzo de base que abarca 11 años e involucró a miles de personas en todo el país. La ICWA definió la relación política entre dos soberanos: tribus y estados. Se designó que las tribus pueden y deben actuar como padres para sus hijos, tal como lo hacen los estados con los niños no nativos cuando los padres biológicos no pueden, y  requería que se diera preferencia a las comunidades tribales cuando los niños debían ser retirados de sus hogares.

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Sin embargo, numerosos jueces describen a la ICWA como la ley federal más ignorada en la historia de Estados Unidos. El gobierno federal la considera opcional y no cumple con los requisitos ni con la redacción de informes de datos que la ICWA estableció: entre otras notables irregularidades, las tribus demandan un retraso de aproximadamente cuatro años en el obligado aviso del ingreso de un niño indio en un hogar de acogida. Además, durante esta semana, y bajo la implacable administración Trump, miembros del Tribunal Federal dictaminaron que la ley era inconstitucional, basada en la raza y, por tanto, innecesaria.

Actualmente, la ICWA, única legislación que tiene la intención de proteger a los jóvenes indígenas, posee un destino incierto, amenazada por la posibilidad de su derogación. Cuarenta años después de su aprobación, es necesario recordar los efectos persistentes de las políticas y prácticas gubernamentales históricas sobre los niños nativos y sus familias, un trauma intergeneracional que sigue desgarrando a los pueblos indígenas.

Lluís Companys en la memoria

Se cumplen 78 años del asesinato franquista de Lluís Companys, el President de la Generalitat de Catalunya que proclamó la República Catalana dentro de la República Federal de España. Fue capturado en la frontera con Francia y fusilado en un paredón del Castillo de Montjuïc, prisión franquista en la que murieron más de 4 000 personas.

 

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33 años del atentado más sucio de los GAL

Ayer se cumplieron 33 años del más sucio suceso de manos de un grupo parapolicial. Ayer se cumplieron 33 años del asesinato, por parte de los GAL (Grupos Antiterroristas de Liberación) de cuatro vascos refugiados legalmente en Francia, en el hotel Monbar (Baiona): Sabin Etxaide, José María Etxaniz, Agustín Irazustabarrena e Iñaki Astiazunzarra.

A las 21.15 horas del 25 de septiembre de 1985, mientras en la televisión se retransmitía el partido España-Islandia, clasificatorio para el Mundial de México, Lucien Mattei y Pierre Frugoli, ambos franceses, comenzaron a disparar desde la puerta del establecimiento.

«A cada uno de los objetivos le dispararon inicialmente en el pecho y, al caer, lo remataban en la cabeza», recupera José Amedo en Cal viva: un relato estremecedor. Según esta fuente, el atentado fue ordenado directamente por el exgobernador civil del Partido Socialista Obrero Español, Julián Sancristóbal. Uno de los asesinos, Frugoli, confesó que iban a tener una recompensa de dos millones de pesetas por cada uno de los refugiados muertos.

Más info: https://www.elsaltodiario.com/memoria-historica/estado-discrimina-victimas-mayor-atentado-gal-hotel-monbar-baiona#

Domingo de efemérides

En el día de hoy se celebra el 79 aniversario de la muerte de Sigmund Freud (1856-1939),  padre del psicoanálisis y uno de los pensadores más importantes del siglo XX, y el 45 aniversario de Pablo Neruda (1904-1973), uno de los poetas chilenos más influyentes de la literatura hispanoamericana del siglo XX. La vida de estos dos personajes estuvo marcada por las ideologías presentes en su tiempo. De un lado, Freud fue perseguido por los nazis debido a su origen judío, de esto el origen de la curiosa interrelación entre estos dos autores. Por otro lado, la muerte de Neruda sigue siendo una incógnita de si fue un homicidio por parte de la dictadura de Pinochet o no. Días atrás su familia ha pedido al Estado Chileno que lo investigue para resolver su muerte.  (https://www.elcomercio.com/tendencias/familia-pabloneruda-chile-muerte investigacion.html).

La historia que une a estas dos figuras es el intento de Pablo Neruda por acoger a Freud en Chile «¡Salvemos a Freud!» que se puede leer en extenso en el siguiente artículo de Mariano Ruperthuz (2014): (https://journals.openedition.org/nuevomundo/67241?lang=es).
La Alianza de intelectuales Chilena presidida por Neruda en 1938 envió la siguiente misiva  a la Embajada norteamericana en Berlín:

«Considerando: (1) que los grandes hombres cultos como el Profesor Sigmund Freud no pueden ser considerados patrimonio de una raza o un país, ya que ellos pertenecen a toda la humanidad; (2) que hoy las condiciones para el trabajo intelectual no son propicias para el Profesor Freud en su país -ya desaparecido- debido a las persecuciones y a la crítica grosera de la que ha sido objeto; (3) que el continente americano es actualmente, en buena parte, un campo favorable para el desarrollo de las ciencias y de todos los elementos que determinan el progreso; la Sociedad Médica de Valparaíso está de acuerdo en: acercarse a la Universidad de Chile para solicitar que se invite al fundador del psicoanálisis a residir en nuestro país por el resto de sus días, de modo que los frutos que aún pueda brindar su poderoso intelecto sean dados a luz (traídos) en el hospitalario suelo chileno» (Ruperthuz, 2014).
Junto a esta Alianza de intelectuales se unió a la causa la Sociedad Médica de Valparaíso con la que se llevaron múltiples homenajes al autor. Pese a estas manifestaciones sociales en homenaje al padre del psicoanálisis nunca se llevó a cabo ya que Freud decidió exiliarse en Londres ese mismo año.

La importancia de esta historia se extrae de la conciencia que esa sociedad intelectual tenía  y se contraponía al auge del totalitarismo alemán ya irrevocable en aquellos años, conciencia en parte transmitida por Pablo Neruda quien conoció los horrores de la Guerra Civil Española (1936-1939) y quien ayudaría un año más tarde al exilio de más de 2.000 españoles en el barco «Winnipeg».

Estamos de vuelta

El día de ayer se estudiará en los libros de Historia y desde nuestro colectivo pensamos que no había mejor ocasión para volver que la aprobación por decreto de la exhumación de Franco. Para nosotros, el principio de un largo camino que aún nos queda por recorrer. El largo aplauso en el Congreso de los Diputados  que se ha visto por la televisión y se ha escuchado por la radio manifiesta lo necesario que era para nuestro país un acto simbólico de tal magnitud. El sonido continuado trae recuerdos amargos de aquellos que vivieron los trágicos acontecimientos en el puerto de Alicante en 1939, los exiliados forzosos o quienes no han podido encontrar aún a sus seres queridos.  Por ellos y por la necesidad de reflexionar en torno a la memoria colectiva, volvemos. Para empezar deleitémonos con un poema dedicado a uno de los mejores poetas de la literatura española:

El crimen fue en Granada: A Federico García Lorca

    1. El crimen

Se le vio, caminando entre fusiles,
por una calle larga,
salir al campo frío,
aún con estrellas de la madrugada.
Mataron a Federico
cuando la luz asomaba.

El pelotón de verdugos
no osó mirarle la cara.
Todos cerraron los ojos;
rezaron: ¡ni Dios te salva!
Muerto cayó Federico
—sangre en la frente y plomo en las entrañas—
… Que fue en Granada el crimen
sabed —¡pobre Granada!—, en su Granada.

   2. El poeta y la muerte

Se le vio caminar solo con Ella,
sin miedo a su guadaña.
—Ya el sol en torre y torre, los martillos
en yunque— yunque y yunque de las fraguas.
Hablaba Federico,
requebrando a la muerte. Ella escuchaba.
«Porque ayer en mi verso, compañera,
sonaba el golpe de tus secas palmas,
y diste el hielo a mi cantar, y el filo
a mi tragedia de tu hoz de plata,
te cantaré la carne que no tienes,
los ojos que te faltan,
tus cabellos que el viento sacudía,
los rojos labios donde te besaban…
Hoy como ayer, gitana, muerte mía,
qué bien contigo a solas,
por estos aires de Granada, ¡mi Granada!»

          3.

Se le vio caminar…
Labrad, amigos,
de piedra y sueño en el Alhambra,
un túmulo al poeta,
sobre una fuente donde llore el agua,
y eternamente diga:
el crimen fue en Granada, ¡en su Granada!

Antonio Machado

 

Un reguero de sangre: el genocidio de los nativos americanos

¿De quién fue la primera voz jamás oída en esta tierra? De los hombres rojos armados tan solo de arcos y flechas. […] Lo que se ha hecho con mi país no fue mi deseo, ni a demanda mía; que los hombres blancos atravesaran mi país. Su curso está marcado por un reguero de sangre.
— Mahpiua Luta (Nube Roja), jefe de los sioux ogala.

Es aparentemente sencillo pensar en un genocidio. Rápidamente centellean imágenes de cuerpos apilados junto a crematorios, cubiertos por unos pijamas a rayas. Encerrados, vejados hasta la pérdida de la identidad, muertos por una limpieza étnica. La imagen del exterminio judío, del holocausto, es desgraciadamente inconfundible en nuestro imaginario: podemos llegar a visualizarla con los ojos cerrados. A un lado, fosas de cadáveres; a otro, victoriosos hombres armados con expresiones henchidas de orgullo.

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Una escena familiar como esta remite a una fotografía tomada tras la denominada Masacre de Wounded Knee, acaecida el 29 de diciembre de 1890 en la reserva india de Pine Ridge, en la actual Dakota del Sur. Ese mismo año, tras la muerte del afamado líder lakota Toro Sentado por una bala perdida tras una reyerta, las tribus nativas exhalaron su último aliento: cientos de sus seguidores abandonaron la reserva de Standing Rock y se dirigieron hacia el asentamiento del jefe indio Pie Grande, en Cherry Creek. Ante la desobediencia, el Departamento de Guerra estadounidense envió un pelotón del Séptimo de Caballería, conformado por unos 500 soldados, para capturar a los rebeldes y confinarlos —práctica muy querida y repetida durante décadas— en un campamento junto al Arroyo de Wounded Knee. Todo sucedió rápido: como era costumbre, intentaron desarmar a los indios. De repente, un fusil se accionó y sonó un disparo. Fue entonces cuando los soldados abrieron fuego sin piedad. Esa supuesta marabunta de insurrectos estaba conformada por 150 hombres y 230 mujeres y niños. Este terrible tiroteo indiscriminado —y tal y como refleja el parte oficial de la reyerta—, acabó con 300, de un total de 350, lakotas muertos, de los cuales más de 200 eran mujeres y niños. La caballería, que se encargó de perseguir a los huidos desarmados, sufrió la risible cantidad de 25 bajas. Una pesada tormenta de nieve se encargó de liquidar a gran parte de los 50 supervivientes indios: muchos yacían en el suelo y perecieron congelados sin que nadie los auxiliara.

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Como también era habitual, el Departamento de Guerra no investigó lo sucedido ni tomó medida alguna, al contario: la veintena de miembros del regimiento que acabaron con más pieles rojas recibieron la prestigiosa Medalla de Honor y aquella masacre fue, durante largo tiempo, un hito heroico en la historia de Estados Unidos. A decir verdad, el exterminio sistemático de los nativos todavía forma parte de la patriótica y honrosa memoria del país más poderoso del mundo.

«Aunque este país estuvo una vez totalmente habitado por los indios, las tribus que ocupaban los territorios que ahora constituyen los estados del este del Mississippi, muchas de ellas poderosas, han sido exterminadas una por una durante sus vanos esfuerzos por detener el progreso de la civilización occidental […]. Cuando alguna tribu se mostró disconforme con la violación de sus derechos naturales, o de aquellos sancionados por tratados, sus miembros fueron abatidos de manera inhumana, y su población, en conjunto, tratada de lo peor que se trata a los perros […]. Fue presumiblemente un sentimiento de humanidad el que informó a la política original de trasladar y concentrar a los indios en el oeste, para salvarlos de la amenazante extinción. Pero hoy, en razón del inmenso incremento de la población estadounidense y de la extensión de sus asentamientos por todo el oeste, cubriendo ambas vertientes de las Montañas Rocosas, las razas indias se ven amenazadas más que nunca en la historia de este país por el exterminio inminente» (Donehogawa, más conocido como Ely Parker, primer indio comisionado para la Oficina de Asuntos Indios).

El genocidio de los nativos americanos comenzó mucho antes, en un proceso lento de dominación y aniquilación paulatina trabajado de forma minuciosa, cuyo único objetivo era, aparentemente,  la adquisición de nuevos territorios. Inaugurada la política de expansión de los Estados Unidos con el Tratado de París (1783), el recién estrenado Congreso tomó la primera decisión en torno al éxodo de las tribus indígenas, aprobando una ordenanza para la creación del llamado Territorio del Noreste, donde se habilitó una inmensa región para el traslado de unos 45.000 nativos, creándose así la primera reserva india. Se prometió una mejor vida, paz y respeto mutuo, pero ya en 1795, con el Tratado de Greenville, se obligó forzosamente a las tribus de Miami y Ohio desplazarse a territorios de Indiana. Los nativos representaban una molestia y el presidente James Monroe rápidamente configuró la  Indian Removal Act (1830), es decir, la ley de traslado forzoso de los indios. Se postulaba que, si aceptaban las condiciones, perdían sus derechos políticos porque pasaban a estar subyugados, asimilados, por las costumbres del hombre blanco. Creándose guetos que dependían directamente del gobierno central, los indios fueron concentrados lentamente bajo condiciones de miseria: a costa del avance hacia el oeste, fueron expulsados de sus tierras originarias y se les internó en reservas infértiles, tan yermas que la agricultura y la ganadería no podían prosperar. Para ello, se emplearon múltiples estrategias: los tratados y leyes diversas se sucedieron, mas fueron las guerras las que terminaron por inclinar la balanza.

La convivencia no tardó en volverse abrupta y, después de varias victorias estadounidenses, en 1832 se descubre oro en los territorios cherokees. Derrotados, son trasladados hacia la región de Oklahoma. En su exilio forzoso, tuvieron que recorrer a pie 1,200 km y sin apenas abastecimientos: dos de cada cuatro murió de frío, hambre o enfermedad. Esta travesía es conocida popularmente como The Trail of Tears, El Sendero de Lágrimas. Asimismo, el fuerte crecimiento de la población estadounidense (de 7 a 23 millones de habitantes en un lapso de cuarenta años), las migraciones masivas de buscadores de oro a partir de 1849, y la llegada del ferrocarril produjeron que la población indígena descendiera en picado.

A partir de la década de 1840, las anexiones de Texas (1845), el Tratado de Oregón (1846) y la adhesión de México (1848), conllevó un panorama de conquista con un único problema: los indios. Faltaba el centro del continente, unir al país, y esos ansiados territorios pertenecían a tribus cuya misma existencia contradecía las ambiciones de la floreciente sociedad americana en ciernes. Restaban, pues, pocas alternativas: ceder o morir. Ya fuera empleando la vía militar, el desabastecimiento —un elevado número falleció de hambre, sobre todo a causa de los retrasos en las compensaciones del gobierno, que además se negaba a dar alimentos y les imposibilitaba cazar—, la provocada extinción de su sustento, el búfalo, o contagiándoles —normalmente infectando sus mantas— de enfermedades como el cólera, los enemigos fueron mermando sin opción, casi sigilosamente.

«Si tienen hambre, que coman hierba; o su propia mierda» (Andrew Myrick, 1862).

«Cada búfalo muerto es un indio menos» (Coronel Dodge, 1867).

Estas tácticas encaminadas directamente al exterminio provocaron numerosos enfrentamientos violentos que, al fin y al cabo, eran una excusa más para acabar rápidamente con los que suponían un estorbo. Por ejemplo, un simple robo de unos huevos en una granja derivó en un alzamiento contra los hombres blancos del lugar. En consecuencia,  La Matanza de Minnesota supuso el asesinato de unos 800 colonos y marcó el inicio de la Guerra de Dakota, de agosto a diciembre de 1862. Una vez vencidos, 303 dakotas fueron condenados a muerte en juicios sumarísimos de menos de cinco minutos. Tras la polémica surgida por la dudosa decisión, Lincoln intervino e hizo rebajar las condenas a 38. No obstante, esta sigue siendo, para desconocimiento de gran parte de la población, la mayor ejecución colectiva de la historia de los Estados Unidos.

La tensión se acrecentó y, con ella, los engaños y las brutales matanzas. De los más de 300 tratados de paz que se firmaron entre indios y blancos (1770-1871), íntegramente los 300 fueron incumplidos por el gobierno estadounidense. En su mayoría, los nativos no entendían lo que firmaban, puesto que no sabían leer, o simplemente se les engañaba.

«Aunque se me ha causado tanto daño, vivo con esperanza. No poseo dos corazones […], henos aquí, reunidos de nuevo para hacer la paz. Mi vergüenza es tan grande como la Tierra, aunque haré lo que me aconsejan mis amigos. Una vez creí que era el único hombre que perseveraba en su amistad para con el hombre blanco, pero, desde que éste ha venido a expoliarnos nuestros hogares, caballos y todo lo demás, me es difícil seguir creyendo en los blancos», Montavato (Cazo Negro), de los cheyenes del sur.

Se sucedieron masacres y más masacres. En 1866, el Congreso aprobó una Ley de Derechos Civiles que garantizaba la igualdad ante la ley de todas las personas nacidas en el país, salvo la de los indios. El declive fue inminente, al ritmo que los líderes más importantes caían: primero fue Caballo Loco, después Toro Sentado. Los comanches y apaches fueron borrados del mapa. La Masacre de Sand Creek (1864), en la que el coronel Chivington y 700 voluntarios atacaron sin cuartel el campamento de Tetera Negra y mataron cerca de 150 mujeres y niños, exhibiendo sus genitales y fetos como trofeos, simbolizó, como lo hizo lo ocurrido en Wounded Knee, el régimen de terror y genocidio al que fue sometido la población nativa que, como se esperaba, ya no volvió a levantar cabeza. Alce Negro, uno de los pocos supervivientes, relató:

«No supe entonces cuánto se había perdido. Cuando miro atrás desde las alturas de mi senectud, vienen a mí todavía las imágenes de las mujeres y niños asesinados, amontonados y dispersos por la escarpada garganta. La escena horripilante se me ofrece tan vívida como entonces. Y me doy cuenta, ahora, de que algo más murió también en aquel barro sangriento y fue enterrado luego por la tormenta. Allí acabó el sueño de un pueblo. Era un hermoso sueño» (1899).

En menos de doscientos años, casi la mitad de la población india pereció. Sin excepción, todos fueron confinados en reservas, a la espera de una muerte en el más absoluto abandono. Voces acalladas por el discurso oficial que ni siquiera reciben justicia en los libros de Historia. ¿Cómo es posible que episodios como estos no sean siquiera conocidos por el público? ¿Cómo es posible que un genocidio cultural y humano de este calibre pase desapercibido? Impuesta la cultura del cliché del indio americano, solo se conocen las glorias del blanco, el mito: su memoria ha ido desvaneciéndose hasta el punto de desconocer que un icono tan emblemático como el Monumento Nacional Monte Rushmore se erigió tras la ruptura de un tratado con los sioux en 1927, el cual supuso la destrucción de uno de sus últimos resquicios sagrados, las Colinas Negras.

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El exterminio de los nativos americanos es una memoria de humillaciones silenciada que ha llegado hasta nuestros días. No fue hasta 1924 cuando el gobierno reconoció sus derechos de ciudadanía, pero sus costumbres, lenguas y prácticas religiosas estuvieron prohibidas, nada más y nada menos, hasta 1970. De la actual población total de los Estados Unidos —unos 323 millones de personas en 2016—, únicamente cuatro millones representan los resquicios del pueblo indígena, de los cuales más del 70% viven todavía en reservas, en campos de concentración modernos que, hoy por hoy, son considerados las regiones del país con mayor índice de pobreza, fracaso escolar, violencia doméstica y muerte por drogas y alcohol. Parece ser que el sistema ha encontrado una forma de conseguir que perezcan sin tener que recurrir a nada más que la propia marginación. La reivindicación de su memoria es, sin embargo, una tarea obligada en la defensa de los derechos humanos de todos los pueblos, un recordatorio del reguero de sangre en la construcción del sueño americano que merece ser rescatado del olvido.

«La tierra fue creada con la ayuda del sol, y cómo se creó debe dejarse que permanezca […]. Las llanuras y los campos fueron creados sin límites ni demarcaciones, y no debe ser el hombre quien se los ponga […]. Veo cómo los hombres blancos ganan riqueza por doquier y veo también su deseo de darnos las tierras que carecen de valor. La tierra y yo sentimos lo mismo. La medida de los campos y la medida de nuestros cuerpos son las mismas. Decidnos, si es que podéis, que fuisteis enviados por el Poder Creador para hablarnos. Quizá creáis que el Creador os envió aquí para disponer como se os antoje. Si yo creyera que Él os había enviado, puede que ello me indujera a pensar que tenéis derecho a disponer de mí. Yo jamás he dicho que la tierra fuera mía para hacer con ella lo que quisiera. El único que tiene derecho a hacer de ella lo que quiera es quien la ha creado. Yo reclamo tan solo el derecho de vivir en mi tierra y os concedo el privilegio de que vosotros viváis en la vuestra», Heinmot Tootalaket (Jefe Joseph), de los nez percés.

Maria Teresa León: Memoria de la melancolía

María Teresa León publica su autobiografía Memoria de la melancolía en 1970. La redacta durante el tiempo que pasa exiliada en Roma, más concretamente entre 1966 y 1968.  “Memoria de la melancolía es una autobiografía personal y colectiva, que pretende dejar constancia de los eventos que determinan la trayectoria existencial de su autora, así como la de sus compatriotas, amigos, colegas y familiares” (Inestrillas: 2002, 85)

En la obra se cuenta la vida de María Teresa León: la infancia, la adolescencia y la juventud de la autora y protagonista, incluyendo los años de la República y de la Guerra Civil española, y su tiempo en el exilio.

Las circunstancias de represión tras el triunfo fascista en la Guerra Civil mantienen a nuestra autora en el exilio durante décadas. En estas circunstancias, la autora vive con impotencia su permanencia fuera de su país. El régimen castiga sistemáticamente a toda aquella persona que intenta dar una versión distinta a la oficial de lo acontecido durante los años de la II República Española y la Guerra Civil. El propósito de María Teresa León es que la memoria que ella genera salve un poco el clima de olvido que el franquismo intenta instaurar y así facilitar esa información a sus compatriotas. Sin embargo, se trata de una memoria que, aunque pretende ser colectiva, no puede compararse a la de otros exiliados que vivieron incluso situaciones más penosas, sino que lo es en tanto que se inserta como individual en un racimo de memorias, que van tejiendo un relato:

“Algunas de sus narraciones nos dejan ver las experiencias que muchos de los exiliados republicanos vivieron en esos días. Es el caso de María Teresa León, el suceso que nos cuenta supone para ella el punto inicial de la drástica separación que sufrió y que hizo que se alejara de todo aquello que había sido suyo, de la casa primero y luego del país. Esta separación tiene como consecuencia primordial la privación de una identidad que le viene dada por su lugar de procedencia y a la que la obligan a renunciar, y la consiguiente asunción de una nueva identidad impuesta por las circunstancias, la identidad de exiliada” (Gui: 2015, 120)

León retorna varias veces a lo ocurrido en su casa al comienzo de la Guerra Civil:

“Cuando regresamos de Ibiza, aquel agosto de 1936, encontramos la puerta de nuestra casa de Marqués de Urquijo 45 cruzada por una banda de papel donde se leía: Requisada para la Contraguerra. ¿Qué era aquella broma? Rompimos el precinto y entramos: ¡Qué rabia nos dio! Todo estaba revuelto como cuando entraron los policías y detuvieron a mi madre. Los libros tirados, las plantas secas, las camas volcadas… Empezamos a hacer inventario de lo que faltaba. ¡Qué inteligentes habían sido! Hasta los libros dedicados se llevaron” (León: 1998, 139)

Como un trauma recurrente vuelve cada cierto tiempo a este pasaje de la narración en Memoria de la melancolía, tratando de simbolizar mediante el saqueo de su casa el vacío tras las sucesivas tomas de poder que ejercía el bando franquista que poco a poco, ganaba la guerra. Así, el expolio de la casa de León simboliza el fin del proyecto cultural de la II República, en el cual ella participaba intensamente, inmersa en su labor en el Centro Nacional del Teatro.

Siguiendo su Memoria de la melancolía la autora deja constancia de lo que pasó cuando ella y su esposo colaboraron en el traslado de los tesoros patrimoniales de Toledo a Madrid, en un intento de protegerlos de la guerra:

“Hoy miro conmovida la fecha: 25 de julio de 1936. La república no perdió el tiempo en eso de defender el patrimonio común pues Franco se había sublevado el día 18 del mismo mes […] sus dirigentes me pidieron que fuera a ver lo que podía hacerse para trasladar a Madrid el tesoro de Toledo. ¡Toledo en guerra! […] Las llaves están en el Gobierno Civil. El gobernador se llamaba de la Vega y no permitía que nadie tocara nada ni que se limpiara el polvo de nada ni que ningún técnico se le acercara para decirle cómo debían trasladarse a otro sitio los tesoros incalculables de Toledo. […] El pretexto que a mí me dio, a pesar de demostrarle los destrozos que la batalla del Alcázar había causado al Museo, era que el excesivo amor del pueblo toledano a sus cosas pondría en grave riesgo al gobernador que consintiese que de ahí se sacase algo…” (León: 1998, 311-312)”

La autora explica las circunstancias de destrucción de tesoros culturales que se dan durante la Guerra Civil, lo que nos lleva a ver cómo durante la contienda se pone en peligro y se pierde en cierto sentido elementos fundacionales de la cultura de origen de la autora; yendo un paso más allá podemos ver cómo simbólicamente estos acontecimientos producen en los exiliados un sentimiento de separación y ruptura con su identidad cultural que se relacionan con algunos elementos psicológicos centrales de los exiliados: incertidumbre, desconcierto por la identidad y nostalgia por el país de origen. Un país que aún tarda en reponerse de la barbarie franquista que aún lo asola.

 

Bibliografía:

Inestrillas, María del Mar: Exilio, Memoria y Autorrepresentación: La Escritura Autobiográfica de María Zambrano, María Teresa León y Rosa Chacel, Tesis Doctoral, Ohio State University, 2002

Yi, Gui: La búsqueda del propio ‘yo’ en las escritoras de la Generación del 27 y las del Cuatro de Mayo, Tesis Doctoral, Universidad de Granada, 2015

Teatro de la memoria

El tratamiento de la memoria en el teatro español contemporáneo comienza con los primeros referentes: ¡Ay, Carmela!, de José Sanchis Sinisterra, escrita en 1986 y estrenada en 1987, así como otras como El tragaluz (1967) de Buero Vallejo y algunas de las obras escritas por otros miembros de la generación realista como anticipo del denominado teatro de la memoria.

Fue en el Estado español «democrático» de los años 80 donde se comenzó a extrañar una memoria colectiva: lo único que existía era una historia oficial manipulada, debida al legado del autoritarismo franquista, que imponía el olvido colectivo y se apropiaba de una manera imperiosa del pasado y su imaginario. En fin, en estos años se intentaba perpetuar una memoria compartida por ambos bandos, como comenta Romera Castillo (2006: 552), pero de forma artificiosa, muy diferente de lo que es la colectiva, en la que caben versiones diferentes de un mismo hecho histórico.

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Según Manuel Pérez Jiménez (1998: 84-93), el teatro histórico de la transición política se puede dividir en varios grupos: una tendencia restauradora con simpatías franquistas (por ejemplo el teatro histórico en verso de Jaime Salom); un teatro innovador que explota la historia reciente con fines oportunistas; y el teatro histórico de tendencia renovadora, que se divide a su vez en tres subtendencias: la radical, cuyo propósito es denunciar mediante la historia, sin valerse de maniqueísmos excesivos; la reformadora, que desea desenmascarar la verdad del pasado, como Buero Vallejo (en Historia de una escalera, estrenada en 1949 pero cuya temática llega hasta la actualidad), Fernando Fernán Gómez (Las bicicletas son para el verano, 1984) y Alonso de Santos (El álbum familiar, estrenada en 1982); y la recreación del pasado histórico en el teatro rupturista e irreal, como el de Arrabal. No obstante y como distingue Romera Castillo (2006: 185), algunos críticos comparten la idea de que ese modelo histórico de drama, tal como lo entendían Buero Vallejo o Fernán Gómez, no solo se comprendía como medio para explicar el pasado y revisar el discurso oficial de la historia nacional, sino que veía su función primordial en la comprensión del proceso histórico y de la realidad del presente.

Por otra parte, Wilfried Floeck (2006: 205) propone y sintetiza las características propias del teatro de la memoria: la plasmación multiperspectivista, la subjetivación de la perspectiva, la despolitización, la estructura abierta, la participación activa del público, la reconstrucción de la identidad colectiva, así como una experiencia histórica subjetiva, fragmentaria y dinámica. En lo que se refiere a la estética y al tono, dicho teatro se suele valer del escepticismo, la ironía, lo lúdico, la interrogación y la duda. Carece en absoluto de un prisma maniqueo y totalitario de la Historia. Por último, sobresale particularmente por su amplia y aguda reflexión metaficcional del pasado y de su proceso de reconstrucción.

Otra de las características intrínsecas del teatro de la memoria es que se desliga de las prácticas banales que encontramos en el panorama dramático actual, como podría ser el teatro comercial/de masas. El teatro de la memoria se mantiene al margen y por tanto marginal: el teatro que presenta, v. gr., Juan Mayorga, así como los empecinados en recuperar la memoria es la evolución de lo anteriormente llamado «teatro histórico» y que, según Diago y Monleón (2007: 9):

se dedicaba a ilustrar sobre un escenario determinadas interpretaciones doctrinarias de los acontecimientos (…). El verso y la grandilocuencia, la exaltación de las glorias nacionales, la afirmación de un destino colectivo, era la razón última de este teatro, mucho más vinculado al ánimo que al pensamiento.

Por tanto el teatro de la memoria es una consecuencia directa y una superación del histórico que tenía como único fin servir como propaganda del Régimen. Se establece ahora una alianza directa entre teatro y memoria que contrasta, según Diago y Monleón (2007: 9), con «la naturaleza desmemoriada del teatro histórico tradicional».

Además, todavía los familiares de los desaparecidos y de los fusilados durante la Guerra Civil reciben continuamente insultos directos e indirectos por parte de las autoridades al no darles a las víctimas la importancia que se merecen, como comenta Vinyes (2010: 57), apoyándose en actitudes como el vacío ético de la declaración del gobierno español con motivo del cincuenta aniversario de la rebelión militar, en 1986, en la que honraba por igual a los vencedores y a los vencidos, y animaba a no abrir viejas heridas (pese a no estar cerradas para gran parte de republicanos), «en España no hemos tenido políticas públicas de memoria. Lo que ha habido son disposiciones específicas destinadas a reparar colectivos concretos de afectados». Datos y palabras como estas justifican claramente la necesidad de hacer memoria, de detenerse a reflexionar. Cabe mirar el pasado para entender el presente. El teatro, pues, se convierte en una «máquina de la memoria», siguiendo el título de Carlson (2009), en un instrumento fundamental para la recuperación de la misma.

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