¿De quién fue la primera voz jamás oída en esta tierra? De los hombres rojos armados tan solo de arcos y flechas. […] Lo que se ha hecho con mi país no fue mi deseo, ni a demanda mía; que los hombres blancos atravesaran mi país. Su curso está marcado por un reguero de sangre.
— Mahpiua Luta (Nube Roja), jefe de los sioux ogala.
Es aparentemente sencillo pensar en un genocidio. Rápidamente centellean imágenes de cuerpos apilados junto a crematorios, cubiertos por unos pijamas a rayas. Encerrados, vejados hasta la pérdida de la identidad, muertos por una limpieza étnica. La imagen del exterminio judío, del holocausto, es desgraciadamente inconfundible en nuestro imaginario: podemos llegar a visualizarla con los ojos cerrados. A un lado, fosas de cadáveres; a otro, victoriosos hombres armados con expresiones henchidas de orgullo.

Una escena familiar como esta remite a una fotografía tomada tras la denominada Masacre de Wounded Knee, acaecida el 29 de diciembre de 1890 en la reserva india de Pine Ridge, en la actual Dakota del Sur. Ese mismo año, tras la muerte del afamado líder lakota Toro Sentado por una bala perdida tras una reyerta, las tribus nativas exhalaron su último aliento: cientos de sus seguidores abandonaron la reserva de Standing Rock y se dirigieron hacia el asentamiento del jefe indio Pie Grande, en Cherry Creek. Ante la desobediencia, el Departamento de Guerra estadounidense envió un pelotón del Séptimo de Caballería, conformado por unos 500 soldados, para capturar a los rebeldes y confinarlos —práctica muy querida y repetida durante décadas— en un campamento junto al Arroyo de Wounded Knee. Todo sucedió rápido: como era costumbre, intentaron desarmar a los indios. De repente, un fusil se accionó y sonó un disparo. Fue entonces cuando los soldados abrieron fuego sin piedad. Esa supuesta marabunta de insurrectos estaba conformada por 150 hombres y 230 mujeres y niños. Este terrible tiroteo indiscriminado —y tal y como refleja el parte oficial de la reyerta—, acabó con 300, de un total de 350, lakotas muertos, de los cuales más de 200 eran mujeres y niños. La caballería, que se encargó de perseguir a los huidos desarmados, sufrió la risible cantidad de 25 bajas. Una pesada tormenta de nieve se encargó de liquidar a gran parte de los 50 supervivientes indios: muchos yacían en el suelo y perecieron congelados sin que nadie los auxiliara.

Como también era habitual, el Departamento de Guerra no investigó lo sucedido ni tomó medida alguna, al contario: la veintena de miembros del regimiento que acabaron con más pieles rojas recibieron la prestigiosa Medalla de Honor y aquella masacre fue, durante largo tiempo, un hito heroico en la historia de Estados Unidos. A decir verdad, el exterminio sistemático de los nativos todavía forma parte de la patriótica y honrosa memoria del país más poderoso del mundo.
«Aunque este país estuvo una vez totalmente habitado por los indios, las tribus que ocupaban los territorios que ahora constituyen los estados del este del Mississippi, muchas de ellas poderosas, han sido exterminadas una por una durante sus vanos esfuerzos por detener el progreso de la civilización occidental […]. Cuando alguna tribu se mostró disconforme con la violación de sus derechos naturales, o de aquellos sancionados por tratados, sus miembros fueron abatidos de manera inhumana, y su población, en conjunto, tratada de lo peor que se trata a los perros […]. Fue presumiblemente un sentimiento de humanidad el que informó a la política original de trasladar y concentrar a los indios en el oeste, para salvarlos de la amenazante extinción. Pero hoy, en razón del inmenso incremento de la población estadounidense y de la extensión de sus asentamientos por todo el oeste, cubriendo ambas vertientes de las Montañas Rocosas, las razas indias se ven amenazadas más que nunca en la historia de este país por el exterminio inminente» (Donehogawa, más conocido como Ely Parker, primer indio comisionado para la Oficina de Asuntos Indios).
El genocidio de los nativos americanos comenzó mucho antes, en un proceso lento de dominación y aniquilación paulatina trabajado de forma minuciosa, cuyo único objetivo era, aparentemente, la adquisición de nuevos territorios. Inaugurada la política de expansión de los Estados Unidos con el Tratado de París (1783), el recién estrenado Congreso tomó la primera decisión en torno al éxodo de las tribus indígenas, aprobando una ordenanza para la creación del llamado Territorio del Noreste, donde se habilitó una inmensa región para el traslado de unos 45.000 nativos, creándose así la primera reserva india. Se prometió una mejor vida, paz y respeto mutuo, pero ya en 1795, con el Tratado de Greenville, se obligó forzosamente a las tribus de Miami y Ohio desplazarse a territorios de Indiana. Los nativos representaban una molestia y el presidente James Monroe rápidamente configuró la Indian Removal Act (1830), es decir, la ley de traslado forzoso de los indios. Se postulaba que, si aceptaban las condiciones, perdían sus derechos políticos porque pasaban a estar subyugados, asimilados, por las costumbres del hombre blanco. Creándose guetos que dependían directamente del gobierno central, los indios fueron concentrados lentamente bajo condiciones de miseria: a costa del avance hacia el oeste, fueron expulsados de sus tierras originarias y se les internó en reservas infértiles, tan yermas que la agricultura y la ganadería no podían prosperar. Para ello, se emplearon múltiples estrategias: los tratados y leyes diversas se sucedieron, mas fueron las guerras las que terminaron por inclinar la balanza.
La convivencia no tardó en volverse abrupta y, después de varias victorias estadounidenses, en 1832 se descubre oro en los territorios cherokees. Derrotados, son trasladados hacia la región de Oklahoma. En su exilio forzoso, tuvieron que recorrer a pie 1,200 km y sin apenas abastecimientos: dos de cada cuatro murió de frío, hambre o enfermedad. Esta travesía es conocida popularmente como The Trail of Tears, El Sendero de Lágrimas. Asimismo, el fuerte crecimiento de la población estadounidense (de 7 a 23 millones de habitantes en un lapso de cuarenta años), las migraciones masivas de buscadores de oro a partir de 1849, y la llegada del ferrocarril produjeron que la población indígena descendiera en picado.
A partir de la década de 1840, las anexiones de Texas (1845), el Tratado de Oregón (1846) y la adhesión de México (1848), conllevó un panorama de conquista con un único problema: los indios. Faltaba el centro del continente, unir al país, y esos ansiados territorios pertenecían a tribus cuya misma existencia contradecía las ambiciones de la floreciente sociedad americana en ciernes. Restaban, pues, pocas alternativas: ceder o morir. Ya fuera empleando la vía militar, el desabastecimiento —un elevado número falleció de hambre, sobre todo a causa de los retrasos en las compensaciones del gobierno, que además se negaba a dar alimentos y les imposibilitaba cazar—, la provocada extinción de su sustento, el búfalo, o contagiándoles —normalmente infectando sus mantas— de enfermedades como el cólera, los enemigos fueron mermando sin opción, casi sigilosamente.
«Si tienen hambre, que coman hierba; o su propia mierda» (Andrew Myrick, 1862).
«Cada búfalo muerto es un indio menos» (Coronel Dodge, 1867).
Estas tácticas encaminadas directamente al exterminio provocaron numerosos enfrentamientos violentos que, al fin y al cabo, eran una excusa más para acabar rápidamente con los que suponían un estorbo. Por ejemplo, un simple robo de unos huevos en una granja derivó en un alzamiento contra los hombres blancos del lugar. En consecuencia, La Matanza de Minnesota supuso el asesinato de unos 800 colonos y marcó el inicio de la Guerra de Dakota, de agosto a diciembre de 1862. Una vez vencidos, 303 dakotas fueron condenados a muerte en juicios sumarísimos de menos de cinco minutos. Tras la polémica surgida por la dudosa decisión, Lincoln intervino e hizo rebajar las condenas a 38. No obstante, esta sigue siendo, para desconocimiento de gran parte de la población, la mayor ejecución colectiva de la historia de los Estados Unidos.
La tensión se acrecentó y, con ella, los engaños y las brutales matanzas. De los más de 300 tratados de paz que se firmaron entre indios y blancos (1770-1871), íntegramente los 300 fueron incumplidos por el gobierno estadounidense. En su mayoría, los nativos no entendían lo que firmaban, puesto que no sabían leer, o simplemente se les engañaba.
«Aunque se me ha causado tanto daño, vivo con esperanza. No poseo dos corazones […], henos aquí, reunidos de nuevo para hacer la paz. Mi vergüenza es tan grande como la Tierra, aunque haré lo que me aconsejan mis amigos. Una vez creí que era el único hombre que perseveraba en su amistad para con el hombre blanco, pero, desde que éste ha venido a expoliarnos nuestros hogares, caballos y todo lo demás, me es difícil seguir creyendo en los blancos», Montavato (Cazo Negro), de los cheyenes del sur.
Se sucedieron masacres y más masacres. En 1866, el Congreso aprobó una Ley de Derechos Civiles que garantizaba la igualdad ante la ley de todas las personas nacidas en el país, salvo la de los indios. El declive fue inminente, al ritmo que los líderes más importantes caían: primero fue Caballo Loco, después Toro Sentado. Los comanches y apaches fueron borrados del mapa. La Masacre de Sand Creek (1864), en la que el coronel Chivington y 700 voluntarios atacaron sin cuartel el campamento de Tetera Negra y mataron cerca de 150 mujeres y niños, exhibiendo sus genitales y fetos como trofeos, simbolizó, como lo hizo lo ocurrido en Wounded Knee, el régimen de terror y genocidio al que fue sometido la población nativa que, como se esperaba, ya no volvió a levantar cabeza. Alce Negro, uno de los pocos supervivientes, relató:
«No supe entonces cuánto se había perdido. Cuando miro atrás desde las alturas de mi senectud, vienen a mí todavía las imágenes de las mujeres y niños asesinados, amontonados y dispersos por la escarpada garganta. La escena horripilante se me ofrece tan vívida como entonces. Y me doy cuenta, ahora, de que algo más murió también en aquel barro sangriento y fue enterrado luego por la tormenta. Allí acabó el sueño de un pueblo. Era un hermoso sueño» (1899).
En menos de doscientos años, casi la mitad de la población india pereció. Sin excepción, todos fueron confinados en reservas, a la espera de una muerte en el más absoluto abandono. Voces acalladas por el discurso oficial que ni siquiera reciben justicia en los libros de Historia. ¿Cómo es posible que episodios como estos no sean siquiera conocidos por el público? ¿Cómo es posible que un genocidio cultural y humano de este calibre pase desapercibido? Impuesta la cultura del cliché del indio americano, solo se conocen las glorias del blanco, el mito: su memoria ha ido desvaneciéndose hasta el punto de desconocer que un icono tan emblemático como el Monumento Nacional Monte Rushmore se erigió tras la ruptura de un tratado con los sioux en 1927, el cual supuso la destrucción de uno de sus últimos resquicios sagrados, las Colinas Negras.

El exterminio de los nativos americanos es una memoria de humillaciones silenciada que ha llegado hasta nuestros días. No fue hasta 1924 cuando el gobierno reconoció sus derechos de ciudadanía, pero sus costumbres, lenguas y prácticas religiosas estuvieron prohibidas, nada más y nada menos, hasta 1970. De la actual población total de los Estados Unidos —unos 323 millones de personas en 2016—, únicamente cuatro millones representan los resquicios del pueblo indígena, de los cuales más del 70% viven todavía en reservas, en campos de concentración modernos que, hoy por hoy, son considerados las regiones del país con mayor índice de pobreza, fracaso escolar, violencia doméstica y muerte por drogas y alcohol. Parece ser que el sistema ha encontrado una forma de conseguir que perezcan sin tener que recurrir a nada más que la propia marginación. La reivindicación de su memoria es, sin embargo, una tarea obligada en la defensa de los derechos humanos de todos los pueblos, un recordatorio del reguero de sangre en la construcción del sueño americano que merece ser rescatado del olvido.
«La tierra fue creada con la ayuda del sol, y cómo se creó debe dejarse que permanezca […]. Las llanuras y los campos fueron creados sin límites ni demarcaciones, y no debe ser el hombre quien se los ponga […]. Veo cómo los hombres blancos ganan riqueza por doquier y veo también su deseo de darnos las tierras que carecen de valor. La tierra y yo sentimos lo mismo. La medida de los campos y la medida de nuestros cuerpos son las mismas. Decidnos, si es que podéis, que fuisteis enviados por el Poder Creador para hablarnos. Quizá creáis que el Creador os envió aquí para disponer como se os antoje. Si yo creyera que Él os había enviado, puede que ello me indujera a pensar que tenéis derecho a disponer de mí. Yo jamás he dicho que la tierra fuera mía para hacer con ella lo que quisiera. El único que tiene derecho a hacer de ella lo que quiera es quien la ha creado. Yo reclamo tan solo el derecho de vivir en mi tierra y os concedo el privilegio de que vosotros viváis en la vuestra», Heinmot Tootalaket (Jefe Joseph), de los nez percés.